Algunos mitos sobre evaluación en aprendizaje cooperativo.

De mi corta y humilde experiencia en el sincero intento de aplicar el aprendizaje cooperativo, en el proceso de enseñanza-aprendizaje , refrendo lo que tantas veces he escuchado: el culmen y la prueba de una buena interiorización de este tipo de aprendizaje es la asunción de la evaluación en equipo como opción preferente.


El aprendizaje cooperativo no puede quedarse en darse a uno mismo, como docente, “licencia o permiso” para utilizar una forma de agrupamientos y una serie de técnicas más o menos interesantes y motivadoras para nuestros alumnos. Por eso, la prueba más fehaciente de ser un estilo y una apuesta educativa es una práctica evaluativa cooperativa.
Si las técnicas o metodologías relacionadas con el aprendizaje cooperativo pueden encontrar resistencias y obstáculos entre la comunidad educativa (¿es verdad que se aprende?), la evaluación en equipo encuentra la sombra de siglos de tradición.

De tal manera, hay algunos mitos sobre la evaluación en equipo:

1º. Cuando el docente evalúa el aprendizaje, debe asignar calificaciones a los alumnos.
Es objetivo es mejorar el desempeño de los alumnos y no calificarlos. Explicar los datos a los alumnos para que ellos puedan emitir sus propios juicios acerca de cómo mejorar su desempeño.

2º. El docente debe leer todos los escritos de cada alumno y transmitirle sus comentarios.
El docente no puede suministrar suficiente retroalimentación en forma diaria. Los alumnos pueden adquirir la capacidad de hacerse mutuamente los comentarios necesarios para mejorar.

3º. Los alumnos no son capaces de hacer evaluaciones serias.
Los alumnos lo pueden hacer, si se les enseña cómo hacerlo. Son capaces.

4º. Hacer que los alumnos participen en la evaluación implica restarle valioso tiempo al aprendizaje y disminuir el rendimiento.
La participación de los alumnos en la tarea de evaluar tiene muchos efectos importantes sobre el aprendizaje que no podrían lograrse de ningún otro modo. Promueve un nivel elevado de razonamiento y aumenta el grado de compromiso de los alumnos respecto del aprendizaje de sus compañeros.
5º. La evaluación es de exclusiva responsabilidad del docente.
El docente es el que guía la enseñanza en el aula y es responsable de crear las condiciones que hagan posible un óptimo aprendizaje. Hacer que los alumnos participen en la evaluación tiene un efecto de optimizar su aprendizaje e incrementar su dedicación.

6º. La evaluación individual se debilita cuando se implementa la evaluación en equipo.
La evaluación en equipo no elimina la necesidad de la evaluación individual.

(Cfr. Johnson, D.W., Johnson, R.T., Holubec, E.J., El aprendizaje cooperativo en el aula, Paidós, Barcelona 1999, 57-58)

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Aprendizaje cooperativo en Salesianos La Cuesta como Cultura de Centro. 

Como ya sabemos, los mitos son esas explicaciones arcaicas sobre la realidad, de carácter fantástico, que pasan de generación en generación sin admitir crítica ni revisión y que sostienen su supervivencia en el argumento de autoridad del dios de turno que lo hace posible. Esto puede ocurrir con nuestros paradigmas y esquemas de aprendizaje anquilosados, no solo por los años, sino por la seguridad que ofrece la “diosa academia” adorada por “celosos sacerdotes del templo”.
Todo lo contrario al “logos” de la Filosofía que exige, no solo racionalidad, sino revisión y crítica para responder con verdad a la realidad a la que se refiere o que trata. Una verdad basada en la coherencia, la correspondencia y el éxito. Así, el aprendizaje cooperativo es una de nuestras respuestas ante la realidad actual, pues se muestra coherente con los valores que promovemos contra el individualismo imperante y la competitividad que “descarta”, corresponde a nuestro “sueño” de un mundo fraterno y nos ofrece éxito como camino de inclusión y aprendizaje de todos y para todos.
Con todo, algo que no podemos olvidar es la exigencia de la crítica y de la revisión. En educación, no convirtamos nada en dogma. Analicemos la realidad y respondamos con verdad, ahora y siempre. Incluso, cuando nuestro “templo” esté acabado.

Juan Carlos Macías Díaz, SDB

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